Okupamos el barrio del olvido. Desde hace ya un rato. Acudimos de tanto en tanto al barrio del miedo, nuestro barrio de siempre, aquél en el que crecimos, el que fuera levantado no hace mucho por políticos, profesores y madres que lo hacían sólo por nuestro bien. Pero nuestro vecindario de ahora mola mucho más. Aquí mandan las marcas, que tienen más dinero y muchos menos escrúpulos.
Y es que la gran alternativa al miedo es el olvido. El nuevo juego barra negocio se llama hacer olvidar. El pasado, los problemas o al vecino, da igual. El caso es borrar la memoria, sustituirla cada dos por tres, convertirla en material fungible y convertir nuestro álbum de recuerdos más personal, encuadernado con piel de gallina, en un triste bloc de post-it notes.
Lo sé porque, durante un tiempo, yo también he sido mercenario de la amnesia. Lo sé porque, de un tiempo a esta parte, lo vengo corroborando. La gente que más rápido olvida es gente de voto fácil, boca abierta y billetera feliz. Es la base de todo consumo. Sustituir viejos recuerdos por nuevas expectativas, dedicar cada vez menos tiempo al debe y mucho más al haber.
La melancolía, simiente de toda genialidad y romanticismo que antaño tantas buenas tardes nos diera, ha quedado relegada a su papel más injusto de toda la historia, venida a menos como algo triste, absurdo y rematadamente inútil. Estás obligado a mirar palante. Si no, estás 'anclado en el pasado'. Y a mí que siempre me da por pensar en que si tan malo es llevar ancla, por qué no la eliminarán ya de una puta vez de toda embarcación.
La palabra trampa es 'nuevo'. Nuevo como eterna promesa que jamás se cumple, porque muere en cuanto se hace mayor. Nuevo como infantil espejismo que se esfuma en cuanto se hace presente, como sinónimo irrevocable e indiscutible de algo mejor. Cuando, digo yo, que no siempre será así. Nadie me avisó de que, a partir de ahora, avanzar exigiría necesariamente quemarlo todo por donde venimos pisando. Ahí está el triste o nulo papel que juegan nuestros ancianos, que empiezan a serlo cada vez más pronto.
Pues yo me niego, oiga.
Me niego a olvidar. Con la misma fuerza que me niego a ser olvidado por aquellos a los que alguna vez quise. Por la misma razón que me llevó a decidir lo que acabé haciendo. Sentenciaba mi abuela que es de bien nacidos ser agradecidos, y yo me siento muy agradecido a lo bueno y lo malo que me trajo aquí, porque en algún sitio había que estar, y si éste es el mío, es mejor que ninguno, vaya que sí.
Pero es que hay mucho más. Que me encanta echar de menos. Que es de las cosas más bonitas que pueden pasarme por dentro. Saber que hay algo o alguien que está separado de mí por una distancia o un tiempo insalvables, y aún así, quererle bonito y desearle bien, pero de lejos. Y si encima sabes que es temporal, entonces ya es el no va más. Amar la ausencia del que va a volver tiene algo tremendamente excitante, la de rellenar su hueco con retales de sueño e ilusión.
Que extrañar tiene mucho en común con extraño. Que si la primera refleja lo que sentimos, la segunda debería indicarnos cómo no sentirnos ante lo que sentimos.
Y al final, este texto, oiga, que vuelve a no decir lo que quería decir.
No sé de qué me extraño.
16 de Enero de 2009 | Risto Mejide
Sí, es bonito echar de menos, me ha gustado ese punto de vista.
Porque sentirse triste es también sentirse vivo...
Oh sí, se echan de menos tantas cosas...!
Y si caen cinco, pues haber estudiado más, acción-reacción, la cosa es simple.
Tan simple como abrir el edredón y meterte al sobre a soñar con lo que tu caprichosa mente quiera imaginar.
Música? Cántame una nana por favor...
Se feliz!
sábado, 24 de abril de 2010
Historia de una duda
"Como toda duda, ésta también nació siendo certeza. Y como toda certeza, llegó con varios kilos de ignorancia bajo el brazo. Había que vestir tanta desfachatez ante la intemperie de las posturas, así que, para empezar, se hizo algunos estereotipos. Ya sabes, atajillos populares, baratos, prêt-a-porter y muy trillados que hacen el camino a la respuesta tan sencillo como falaz.
La certeza no viaja bien. Le tiene pánico a la gente nueva y a los espacios abiertos. No es para menos. Cada vez que sale de casa, corre el altísimo riesgo de tropezar con algún espejo en forma de contradicción, evidencia que, de pronto y sin avisarlo, podría convertirla en mentira. Y éstas si que, con el tiempo, se vuelven frágiles como el cristal.
Por eso, las certezas siempre se blindan de miedo. Dado un número suficiente de fantasmas, rumores y peligros externos, una certeza puede sobrevivir años e incluso siglos en el invernadero de nuestra conciencia. De ahí que lo primero que buscara la certeza fuese ponerse a salvo de toda experiencia, oportunidad y contaminación.
En este caso, su primer gran aliado fue una mente que encontró cerrada a cal y canto. Un cerebro un tanto desocupado, sí, pero sobre todo una masa donde no entraba aire fresco que arrojase ninguna luz. Y ya se sabe que, sin luz, no hay manera de que existan las gamas.
En ese lugar, la certeza, todo hay que decirlo, fué feliz. Por fin campaba a sus anchas por un universo monocromático, alimentado por una sola fuente de información, donde poder pudrirse de purismo y tradición, tomadas como piedras fundacionales que validaron todas y cada una de sus extradiciones mentales.
Pero un día, sucedió lo inevitable. A la certeza le nació una inquietud. Le salió justo en medio de la cara, así que no hubo manera física de disimularla. Con toda la contundencia, seguridad y aplomo que siempre había demostrado, ahora tenía que enfrentarse al mundo de las ideas con esa pústula en medio del jeto, que le restaba integridad y coherencia por todas partes.
A esas alturas, todo el mundo ya sabía que la inquietud es una de las patologias menos deseables, más propias de burdas y vulgares preguntas que de respuestas con pedigrí.
Por eso, no es de extrañar que, ante tanta inseguridad mal llevada, de pronto, empezase a cambiarle la voz, volvíendose menos sugerente y susurrada, con mucho más volumen y exclamación.
La inquietud, indiferente e ingenua como sólo la verdadera inquietud sabe ser, fue creciendo en tamaño e intensidad, llegando a inocular litros y litros de curiosidad en esa certeza, que cada día se sentía más débil.
Un día, una preciosa mañana de agosto, a la certeza se le cayó el miedo. Y descubrió, bajo la costra pútrida de cobardía, una preciosa, tierna y decidida duda. Descubrió también que no valía la pena resistirse, ni seguir fingiendo. Que, como todas las dudas, pronto tendría la manía de reproducirse.
Y no me preguntes por qué, pero desde ese momento tuvo valor para reconocer lo que sabía, humildad para reconocer lo que no sabía, intuición para descubrir lo que no sabía que sabía y paciencia para seguir desconociendo todo lo que aún no sabía, y seguramente no sabría jamás.
Se hizo duda y, con ello, se hizo eterna.
Se hizo humana y, con ello, se hizo bien."
"Historia de una duda", Risto Mejide
La certeza no viaja bien. Le tiene pánico a la gente nueva y a los espacios abiertos. No es para menos. Cada vez que sale de casa, corre el altísimo riesgo de tropezar con algún espejo en forma de contradicción, evidencia que, de pronto y sin avisarlo, podría convertirla en mentira. Y éstas si que, con el tiempo, se vuelven frágiles como el cristal.
Por eso, las certezas siempre se blindan de miedo. Dado un número suficiente de fantasmas, rumores y peligros externos, una certeza puede sobrevivir años e incluso siglos en el invernadero de nuestra conciencia. De ahí que lo primero que buscara la certeza fuese ponerse a salvo de toda experiencia, oportunidad y contaminación.
En este caso, su primer gran aliado fue una mente que encontró cerrada a cal y canto. Un cerebro un tanto desocupado, sí, pero sobre todo una masa donde no entraba aire fresco que arrojase ninguna luz. Y ya se sabe que, sin luz, no hay manera de que existan las gamas.
En ese lugar, la certeza, todo hay que decirlo, fué feliz. Por fin campaba a sus anchas por un universo monocromático, alimentado por una sola fuente de información, donde poder pudrirse de purismo y tradición, tomadas como piedras fundacionales que validaron todas y cada una de sus extradiciones mentales.
Pero un día, sucedió lo inevitable. A la certeza le nació una inquietud. Le salió justo en medio de la cara, así que no hubo manera física de disimularla. Con toda la contundencia, seguridad y aplomo que siempre había demostrado, ahora tenía que enfrentarse al mundo de las ideas con esa pústula en medio del jeto, que le restaba integridad y coherencia por todas partes.
A esas alturas, todo el mundo ya sabía que la inquietud es una de las patologias menos deseables, más propias de burdas y vulgares preguntas que de respuestas con pedigrí.
Por eso, no es de extrañar que, ante tanta inseguridad mal llevada, de pronto, empezase a cambiarle la voz, volvíendose menos sugerente y susurrada, con mucho más volumen y exclamación.
La inquietud, indiferente e ingenua como sólo la verdadera inquietud sabe ser, fue creciendo en tamaño e intensidad, llegando a inocular litros y litros de curiosidad en esa certeza, que cada día se sentía más débil.
Un día, una preciosa mañana de agosto, a la certeza se le cayó el miedo. Y descubrió, bajo la costra pútrida de cobardía, una preciosa, tierna y decidida duda. Descubrió también que no valía la pena resistirse, ni seguir fingiendo. Que, como todas las dudas, pronto tendría la manía de reproducirse.
Y no me preguntes por qué, pero desde ese momento tuvo valor para reconocer lo que sabía, humildad para reconocer lo que no sabía, intuición para descubrir lo que no sabía que sabía y paciencia para seguir desconociendo todo lo que aún no sabía, y seguramente no sabría jamás.
Se hizo duda y, con ello, se hizo eterna.
Se hizo humana y, con ello, se hizo bien."
"Historia de una duda", Risto Mejide
domingo, 29 de marzo de 2009
jueves, 19 de febrero de 2009
Algunas frases...
Saber y saberlo demostrar, es valer dos veces.
Cada solución generará nuevos problemas.
Los buenos ratos hay que fabricarlos, porque los malos, llegan solos.
Uno se busca en la felicidad y se encuentra en el sufrimiento.
Cualquier cosa que empieza mal, acaba peor.
Cada solución generará nuevos problemas.
Los buenos ratos hay que fabricarlos, porque los malos, llegan solos.
Uno se busca en la felicidad y se encuentra en el sufrimiento.
Cualquier cosa que empieza mal, acaba peor.
miércoles, 18 de febrero de 2009
Eres uno más?
Te pasas la vida siguiendo a alguien. Dejándote llevar por otros. Te pones en fila, sigues un líder, un sueño y una manera de vivir. Sigues lo que te dicen que debes seguir, una moda, una ideología, un equipo, un amor. Una dirección hacia algo que no tienes. Hasta que un día, sin saber porque, te das cuenta de que has dejado de ser uno más.
lunes, 9 de febrero de 2009
Pasar página
A medida que avanza el tiempo, te das cuenta de que el libro no tiene fin. Y pasas página, una y otra vez; y cada nuevo capítulo está lleno de ilusiones. Cada uno cuenta una historia, distintas en su raíz, pero todas con un mismo fin. Y cuando éste se ha alcanzado, se ha acabado la historia... Tienes que volver a pasar página, para retomar las ilusiones del pasado. Con una nueva historia, y un mismo final.
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